Santa cadena perpetua

•1 septiembre, 2015 • Dejar un comentario

– Entonces, según se recoge de sus declaraciones, afirma usted que ante nosotros se encuentra la persona causante de todo este revuelo, ¿no es así?
– Sí, así es.
– ¿Está esa persona en estos instantes sentada frente a usted?
– Sí, lo está.
– ¿Tiene pruebas que corroboren su alegato?
– No, no tengo ninguna prueba.
– Coincidirá entonces usted conmigo en que su argumento no tiene ningún tipo de fundamento válido. No es viable dar como cierto o real lo que aquí usted expone. No puede afirmar que esta persona sea quien usted declara que es.
– No, no es eso. Sí que estoy seguro. Es ella. Estoy seguro de qué es ella. Quizás no tengo forma alguna para demostrar que así es, pero estoy seguro de que es ella. Algo dentro de mí me dice que no me equivoco.
– ¿Pudiera ser simplemente una mala jugada que su mente le ha jugado haciéndole creer que se trataba de ella cuando en realidad deberíamos andar buscando a otra persona?
– No, me temo que no. Estoy seguro de que es ella.
– ¿Y cómo puede estar tan seguro?
– Porque de no ser así, en este preciso instante y en este preciso lugar, yo no estaría escribiendo estás líneas…

Es ella. Eres tú.

Hasta que nos olamos…

•1 octubre, 2014 • Dejar un comentario

Me marcho a Polonia. Me marcho a Cracovia. Tras varias intentonas me han concedido un voluntariado en la ciudad que llevaba buscando desde hace tiempo.

Sé que es mucho lo que tengo por descubrir, por conocer, por aprender… Y lamentablemente, también he de separarme de muchas cosas de las que no me quiero alejar.

Pero, ¿sabes qué? Esto no es un adios. Ni siquiera es un hasta otra. Es un sigo aquí sazonado con algún kilómetro más de intermediación. Pero esos kilómetros, por suerte, no van a estar ahí eternamente. Tras nueve meses, esos kilómetros no me van a volver a separar de lo que quiero. No será a mí. El camino ha sido muy largo y duro como para rendirse ahora que, aunque todavía algo lejana, por fin se atisba la claridad al final del tunel.

Tengo claro qué…¡ARDILLA! Tengo claro qué necesito en mi vida. Y por suerte, sé que lo tengo a la vuelta de la esquina.

Just a little ceasefire. Just a nine months ceasefire and I’ll be there. Be prepared 😉

Gracias

•23 septiembre, 2014 • Dejar un comentario

Gracias.

Gracias a mis padres, porque sin ellos este post no sería este post.
Gracias a Mikel y Pucho, por despertar mis instintos más homosexuales en cada una de sus actuaciones.
Gracias a las averías, porque si no mecánicos no habría, como bien repetían “No me pises que llevo chanclas”.
Gracias a San Nicolas, San Miguel y San Cristobal, por permitirme tener el mundo a mis pies y regalarnos las más majestuosas imágenes que mis ojos pueden contemplar.
Gracias sin gracia, las que tengo yo a veces.
Gracias a Dios, que nunca está de más.
Gracias al cielo, por saber contener sus lágrimas incluso cuando más deseaba llorar.
Gracias al corazón, porque es el gran artífice de que haya lágrimas que siempre merece la pena limpiar.
Gracias cerveza, tú siempre tan oportuna… ¬¬
Gracias a Bad Milk, me alegró la tarde con su aprecio y desprecio.
Gracias a Marlene, por demostrarme que las sombras pueden estar llenas de colores.

Gracias a ti, por haberle devuelto la vida a este blog que hace tanto tiempo creí muerto.

El niño del globo

•23 noviembre, 2012 • Dejar un comentario

Hace tiempo que no me dejo caer por aquí. Y que buena seña es esa. 

De casualidad, echando una ojeada, he visto que no tengo en este blog un texto de hace tiempo al que le guardo mucho cariño. Poco o nada tiene que ver con mi situación actual, pero aún así, quiero dejarlo aquí plasmado.

Cuentan los viejos del lugar, hace mucho tiempo, mucho tiempo atrás, vivía feliz un niño, un niño todo ilusión, todo juego y alegría, un niño cual sonrisa arrojaba felicidad a todo el que la recibía.

Cierto día el jovenzuelo encontró un globo, y se le ocurrió una idea: llenaría el globo de amor, totalmente lleno, y cuando estuviera lleno, se lo ofrecería a la persona a la que amaba, a esa niña del patio del colegio por la que perdía la cabeza. Y, cual niño que vive de su ilusión, no encontró mejor forma de hacerlo que soplando en él hasta que estuviera inflado por completo, lleno de amor para ofrecerle. Así que sin dilatar el momento, dio su primer soplo; después vino el segundo, y tras ello el tercero.

El globo iba creciendo de tamaño, aumentaba a un ritmo vertiginoso. Cada nuevo soplo conseguía aumentar su volumen. Pero a su vez, con cada soplo que emanaba de sus pulmones, el niño perdía lentamente su aliento, su alegría, su alma… su vida. Cosa que por otro lado no le importaba pues, ¿qué podía haber mejor que un globo lleno de amor para dárselo a su niña? Todo era poco para ella, y así lo demostraba el niño con cada nuevo soplo que realizaba.

El niño seguía soplando y soplando, su globo se iba llenando de amor cada vez más y más, pero su aliento disminuía con igual ritmo al que el aire penetraba en el globo. El globo crecía de forma inimaginable, llegando a tener un tamaño casi tan grande como su pastor alemán. Y más tarde, como coche que su padre había comprado recientemente. E incluso el globo llegó a ser tan grande como el árbol centenario que había junto al patio de su colegio. Pero eso no hacía que éste cesase en su desempeño, pues estaba convencido que siempre habría un pequeño hueco donde esconder un nuevo soplo de aire procedente de sus pulmones.

Y cuentan los viejos del lugar que fue su último aliento el que hizo que el niño cayese, tirado sobre el suelo, sin vida .

Y  cuentan los viejos del lugar que fue su último aliento quien hizo estallar el globo en mil pedazos…

 

11 ½ = 1-2

•12 diciembre, 2011 • 1 comentario

La ciencia nos rodea, nos envuelve, nos roza a cada pequeño paso que damos. Pasos en los que diferentes estudios biomecánicos interpretan como las presiones plantares afectarán a tu caminar, a tus apoyos, en base a los que se confecciona el diseño final del calzado que acabarás usando. La ciencia también está presente en una semilla sembrada en una pequeña maceta, en un tiesto viejo, en un envoltorio de un yogur vacío que ibas a tirar a la basura (obviamente, al recipiente destinado al reciclaje de envases, como todo buen ciudadano que se precie). Incluso existe ciencia en ese chef que prepara el mejor menú posible para la recepción del embajador o emisario real que visita su restaurante de alto standing, o en esa madre que sazona y aliña cada uno de sus guisos como solo ella sabe y que, por más que nos empeñemos, el resto de mortales nunca podremos igualar. Se puede decir que la ciencia está en cada uno de los pequeños, o no tan pequeños, elementos que nos rodean.

Pero una cualidad es común a todos estos tipos de ciencia: no son nunca exactas. Un mal zapato no siempre soporta de igual manera el peso de quien lo calza, no siempre actúa igual ante la flexo-extensión que generan las articulaciones del pie, no siempre el material está sometido a los mismos rozamientos o fricciones del entorno; tampoco una semilla germina siempre si no dispone de las condiciones necesarias de humedad, o nutrientes de la tierra, o ventilación, o temperatura; ni siquiera existe una fórmula mágica que haga que un plato quede sepa siempre igual, hasta el más mínimo detalle en forma de temperatura de cocción, cantidad y calidad de los alimentos o los materiales empleados pueden hacer variar levemente (a veces, no tan levemente) el sabor del preparado en cuestión. Es evidente que no son ciencias exactas, pues están expuestas a variaciones, a interacciones con el medio o, simplemente, a errores en la concepción o realización. Pero una ciencia es diferente a las demás: Las matemáticas. Y es que, como bien habrás oído anteriormente, las matemáticas son una ciencia exacta. No hay medias tintas, no se admiten medias verdades.

…o al menos, hasta ahora. Porque yo, un don nadie erudito en todo y sabedor de nada, he descubierto que ni siquiera las matemáticas responden ante tal cualidad. ¡Ni siquiera las matemáticas! Para algo que suponíamos exacto, cierto, y que nos daba algo de seguridad… y va y resulta que es tan incierto como todo el resto de ciencias.

No sé explicarlo, no tengo forma alguna de poder hacer entender de forma sencilla mi planteamiento, pero, y prometo que mis cálculos están más que revisados y contrastados, resulta que 11 ½ es igual que 1-2. Sí, 11 ½ = 1-2. Y además, con tendencia a ∞. Este último símbolo, para los rezagados de la LOGSE, significa “infinito”. Claro, uno podrá pensar “¿cómo va a ser que once y medio sea igual a uno menos dos, y encima tienda a infinito? En las clases de matemáticas del colegio me enseñaron que 1-2 = -1. ¿Qué clase de locura es esa?”

Está claro qué tipo de locura es. Ese tipo de locura que, irremediablemente, tiende de igual manera al infinito sin control alguno…

El principito perdido

•5 septiembre, 2011 • Dejar un comentario

Ahí estaba yo. No sabía cómo había llegado allí; tampoco era capaz de recordar cuál era mi procedencia. Mi memoria apenas conseguía recordar quién era. Una mochila con agua y algunos dulces era la única posesión que conmigo portaba. De todo aquel mar de dudas solo una cosa parecía cierta: un gran golpe había sido el que, sin duda, había originado que yo me encontrase allí. Mis rasguños y moratones así lo atestiguaban.

A pesar de todo ello, no sentía ni mucho menos dolor. O tal vez, muy en el fondo, sí lo sintiera y no era consciente de ello, pero era tal la novedad y la expectación que aquel extraño lugar despertaba en mí, que apenas podía concentrarme en nada más. No sabía que era, ni dónde estaba. No sabía cómo escapar de allí. Realmente, tampoco quería escapar de allí. Algo profundo en mi interior me invitaba a descubrir todo y cuanto pudiera de aquel emplazamiento. Desde el primer momento me atrajo la idea de sentirme parte viva de ese paraje.  

Levanté la mirada con la intención de indagar más en el misterio que envolvía la gran extensión que parecía acogerme con los brazos abiertos. Un par de pequeños montículos se levantaban frente a mi mirada. Mi empeño no iba a ser derrotado por dos simples montañitas, por lo que me dispuse a escalarlos con el fin de perpetrar en mi memoria hasta el último rincón del territorio que me rodeaba. A pesar de la falta de irregularidades del terreno que  facilitasen mi escalada, en apenas unos minutos había conseguido llegar a la cima.

El horizonte marcaba el fin del hermoso paisaje que mis ojos descubrían por primera vez ante sí. La frecuencia cardiaca de mi corazón aumentaba por momentos. Pero nada me podía detener, nada iba a conseguir detenerme. Proseguí con mi andanza y, tras una larga caminata, mis pies fueron a dar a con una pequeña cueva. He de reconocer que el miedo se apoderó de mi ser, por lo que decidí no arriesgar en mi aventura, y proseguí mi camino con la esperanza de volver en algún momento en el que la valentía hubiera aceptado ser mi fiel acompañante.

Continué con mi marcha, pero antes de que pudiera darme cuenta, una nueva caída generó que mi cuerpo volviera a encontrarse con el suelo. Al menos en esta ocasión podía rememorar sin problema. Un ahondamiento del terreno había sido el causante de mi leve infortunio, pero, al igual que en mi misterioso despertar, de nuevo la sensación que experimenté volvía a ser de lo más placentera. Nunca antes había estado en el paraíso, pero sin duda alguna, el lugar en que me encontraba no debía diferir mucho de él. La textura del terreno era de lo más suave, su calidez desbordante, y muy en contra de mis expectativas, mi golpe había sido amortiguado por el acolchado propio de aquella superficie. Nunca antes había visto nada igual, lo cual hacía que mi deseo por permanecer allí creciera y creciera.

Aun sin haberme incorporado de nuevo, levanté la mirada y pude contemplar frente a mí un hermoso valle protegido por dos grandes y majestuosas montañas. Mis retinas no habían sido nunca atravesadas por una escena de tal hermosura. De un salto me levanté del suelo y continué mi camino hasta llegar a él. No fue necesario un planteamiento que me desplazase hasta allí, ya que mis pies, como llamados por una extraña fuerza, hicieron por sí solos todo el trabajo. Instantes después de mi caída, ya había llegado a tan acogedor enclave geográfico.

Jamás olvidaré la sensación de protección que allí experimenté. Las dos montañas que arropaban a dicho valle ejercían de escudo ante las ráfagas de viento que en él intentaban perpetrar. Allí me sentía protegido ante los posibles ataques de las fieras salvajes o las inclemencias propias del clima de la zona.

Ya que el ocaso comenzaba a hacer acto de presencia, y puesto que las fuerzas comenzaban a flaquear, decidí aprovechar la calidez de aquel lugar para pasar allí la noche. Dormí como un tronco, de un tirón, sin ser molestado por ruidos, animales, o posibles miedos propios del desconocimiento de tan hermoso mundo. Ni siquiera un simple mosquito. Aquel valle me hacía sentir un bebé poco antes de nacer, en el vientre de su madre, aislado de interferencias exteriores que pudieran alterar su estado de paz y tranquilidad. Esa noche dormí como hacía semanas que no lo hacía. Al menos, las últimas semanas que era capaz de extraer de mi maltrecha memoria, la misma que me impedía recordar cuál era mi procedencia o como había ido a dar con mis huesos en aquel maravilloso lugar.

Con todas mis reservas energéticas recargadas, y tras engañar mi estómago con los dulces de mi mochila, continué con mi aventura, guiado nuevamente por la visión extensa e inalcanzable del bello horizonte que ante mí se reflejaba. Atravesé el valle, vigilado por las dos exuberantes montañas que lo custodiaban, en busca de nuevos espacios por descubrir. Poco tiempo hubo de pasar para encontrarme con un nuevo hallazgo. Tras volver a escalar un pequeño risco de pocos metros de altura, mis pies fueron a dar con otro maravilla a la vista. Tres pequeñas grutas ahondaban en el suelo, de las cuales era imposible tratar siquiera de intuir cuál era su fondo o a qué profundidad poseía cada una de ellas. El ser aventurero que viajaba dentro de mí me invitaba a intentar descubrir hacia donde conducirían, pero el ser prudente que le acompañaba se encargó de hacerme cambiar de parecer. Dos de ellas, más próximas entre sí, eran demasiado pequeñas como para plantearse ningún tipo de descenso. La otra, más grande y amplia, poseía unas afiladas rocas bordeando su abertura, y ello me llevaba a creer que el fondo podría ser aún más hostil.

Así pues, proseguí mi camino, aun maravillado por la hermosura de aquel nuevo destino en mi vida. No hubo de pasar mucho tiempo, cuando encontré un nuevo tesoro: dos pequeños lagos salados rivalizaban por ser el primero en permitir que me bañara en sus aguas. Cada uno de ellos parecía estar llamándome, pidiéndome que penetrase en ellos con mi cuerpo denudo para descubrir hasta el más oculto de sus tesoros. Al fondo de ambos lagos, cristalinos y puros como jamás había visto otro igual, observé con asombro como los pececillos jugaban entre los majestuosos arrecifes de coral de tonos marrones que allí habían cobrado vida. Habría jurado que ambos arrecifes intentaban expandirse con la intención de formar un círculo perfecto en torno a un centro equidistante de su perímetro. La magia de todo aquel lugar me hacía creer que, por algún extraño motivo, todo ello era posible.

Tal era el amor que comenzaba a sentir por aquellas tierras que, aun sin haber divisado señal alguna de vida humana por allí, me planteaba seriamente establecer aquella como mi nueva vivienda.

Seguí pues con mi camino. Poco a poco el horizonte iba quedando más cercano. Tanto que, tras apenas unos minutos de caminata, llegué a un desfiladero que ejercía de frontera natural con la nada. Sí, la nada, tras aquel desfiladero solo existía la nada. Ni un amago de vida o camino para continuar. Los únicos rayos de luz que iluminaban todo aquello procedían de unas doradas lianas que se descolgaban por el precipicio, dejándose llevar por el ritmo del tango que el viento les marcaba. No existen palabras que me permitan dejar aquí atestiguado lo realmente maravilloso de aquel espléndido baile casi hipnótico.

Puesto que mi camino había finalizado, no me quedaba otra que regresar. Acaricié las doradas lianas antes de marchar, y emprendí el viaje de vuelta. La majestuosidad de los salados lagos me hizo detenerme unos instantes para contemplarlos una vez más. El misterio de las tres cuevas generó en mi  interior un leve cosquilleo que trataba de suplicarme que no continuase con mi regreso al comienzo de todo aquel viaje. Y de nuevo, frente a mis ojos se divisaba el hermoso valle custodiado por sus dos espléndidas montañas. Esta vez el ser aventurero hizo callar al prudente, pues no regresé atravesando de nuevo el valle; en esta ocasión mi camino se desvió hacia una de las montañas. No sé muy bien qué me llevo a tomar aquella decisión. Era como si una fuerza invisible me atrajera hacia una de ellas. No pude contenerme. La verdad, tampoco quería contenerme. Escalé la montaña situada más al este. En mi subida observé un hecho un tanto curioso: aquella montaña se movía. No sé por qué se movía, o como se originaba aquel movimiento; lo único que puedo asegurar es que aquello era cierto. Un compás rítmico generaba pequeñas vibraciones en el terreno, separadas entre sí aproximadamente por apenas un segundo. Conforme iba acercándome a la cima la montaña parecía acelerar su ritmo de movimiento. Suena extraño, pero mi presencia parecía perturbar el correcto transcurrir de todo aquel territorio. Mis pasos iban en aumento de igual forma que aumentaba el ritmo de oscilaciones del terreno. Y con ello, y para no ser menos, se dispararon también los latidos emitidos por mi corazón. Sin duda, aquel lugar tenía alguna extraña conexión conmigo. Por algo me había elegido para haber acabado allí sin siquiera saber cómo. A medida que disminuía la distancia que me separaba de la cima aumentaban linealmente el número de latidos por minuto de mi corazón, junto con las ya no tan pequeñas vibraciones de aquel paraje. Tanto a aquel misterioso lugar como a mí nos excitaba la idea de mi llegada a la cumbre de la montaña.

La cima ya estaba frente a mí. Los latidos de mi corazón eran insoportables, el flujo sanguíneo de mi cuerpo se había disparado sin control. Con el último de mis pasos todo paró. El suelo dejó de vibrar. Y de la misma manera, mi corazón dejó de latir. Caí toscamente sobre el terreno, quedando tendido, inmóvil, inerte. Nunca más volvería a ver ningún otro lugar. Nunca más nadie volvería a saber de mí. Aquel se convirtió en mi lecho eterno en el que permanecería por el resto de los días.

Pero no guardo ni mucho menos mal sabor de boca de todo aquello. Cierto es que fue aquel lugar el que me acabó privando de vida, pero, al fin y al cabo, no podía sentirme mal por ello. No obstante, ese lugar me dio más vida en apenas un día que anduve transitando sus parajes y descubriendo sus tesoros que todo el resto de mi vida entera. Solo por ello, la deuda que había contraído con aquellas tierras era eterna. Mi cuerpo no era más que un mero regalo entregado como muestra de gratitud. Mi alma permanecería por siempre en lo más profundo de aquella montaña, encargada de cuidarla, intentando que el ritmo de vibración de sus terrenos se mantuviera por siempre apacible e inalterable.

¿Y ahora qué?

•22 mayo, 2011 • Dejar un comentario

La de tiempo que llevaba sin pasar por aquí. Al menos voluntariamente. Pero hoy me he dicho de volver, porque se me plantea una duda. ¿Qué va a pasar ahora?

Ya todos sabréis, seréis más que conscientes y estaréis más que informados, de la que hay montada con las diferentes acampadas a nivel mundial, abanderadas por la de Sol en Madrid.  Independientemente de que pueda estar más o menos de acuerdo con el movimiento, de que crea que se está haciendo mejor o peor labor, que los medios estén siendo más o menos parciales… ¿qué va a pasar ahora? 

Me lo planteo, porque hasta ahora, todo ha sido muy bonito. Pero se da la casualidad de que hoy el pueblo acudía a las urnas a elegir a sus representantes. Y claro, ¿qué alcalde o candidato a la alcaldía se iba a manifestar en contra de un grupo potencial tan numerosísimo de votos? Pues ni uno, obviamente, no ha habido apenas actuaciones y prohibiciones porque todos esperan con ansia ese deseado voto.

Pero… ¿y mañana? ¿Serán las cosas iguales? En cuanto los nuevos (o reelectos) alcaldes tomen posesión de sus nuevos (o ya conocidos) puestos, en los cuales tendrán ya la certeza de que nadie les levantará de su asiento en los próximos cuatro años, ¿van a seguir siendo así de “permisivos”? ¿Van a seguir igual de respetuosos? Aunque las acampadas en principio parece que se prorrogarán al menos un mes más, yo me estoy viendo venir que en cuanto tenga la oportunidad, amparándose en la ilegalidad de las mismas, algún edil tomará la iniciativa de desalojar a la gente de allí. Y habrá resistencia. Y por tanto, habrá palos. Y si tiene éxito, no me extrañaría mucho que el resto de alcaldías se sumarán a la iniciativa… 

Tal vez sea demasiado agorero, pero… señores, creo que lo peor puede estar al caer. A la vuelta de la esquina. Y nadie parece estar contemplando la posibilidad.

Y cambiando un poco, o más bien un mucho, de tercio, os dejo una frase de Joaquín Sabina que he encontrado por la red. Dicen que a buen entendedor pocas palabras bastan, y yo estoy seguro de que vosotros sois de los buenos.