Ahí estaba yo. No sabía cómo había llegado allí; tampoco era capaz de recordar cuál era mi procedencia. Mi memoria apenas conseguía recordar quién era. Una mochila con agua y algunos dulces era la única posesión que conmigo portaba. De todo aquel mar de dudas solo una cosa parecía cierta: un gran golpe había sido el que, sin duda, había originado que yo me encontrase allí. Mis rasguños y moratones así lo atestiguaban.
A pesar de todo ello, no sentía ni mucho menos dolor. O tal vez, muy en el fondo, sí lo sintiera y no era consciente de ello, pero era tal la novedad y la expectación que aquel extraño lugar despertaba en mí, que apenas podía concentrarme en nada más. No sabía que era, ni dónde estaba. No sabía cómo escapar de allí. Realmente, tampoco quería escapar de allí. Algo profundo en mi interior me invitaba a descubrir todo y cuanto pudiera de aquel emplazamiento. Desde el primer momento me atrajo la idea de sentirme parte viva de ese paraje.
Levanté la mirada con la intención de indagar más en el misterio que envolvía la gran extensión que parecía acogerme con los brazos abiertos. Un par de pequeños montículos se levantaban frente a mi mirada. Mi empeño no iba a ser derrotado por dos simples montañitas, por lo que me dispuse a escalarlos con el fin de perpetrar en mi memoria hasta el último rincón del territorio que me rodeaba. A pesar de la falta de irregularidades del terreno que facilitasen mi escalada, en apenas unos minutos había conseguido llegar a la cima.
El horizonte marcaba el fin del hermoso paisaje que mis ojos descubrían por primera vez ante sí. La frecuencia cardiaca de mi corazón aumentaba por momentos. Pero nada me podía detener, nada iba a conseguir detenerme. Proseguí con mi andanza y, tras una larga caminata, mis pies fueron a dar a con una pequeña cueva. He de reconocer que el miedo se apoderó de mi ser, por lo que decidí no arriesgar en mi aventura, y proseguí mi camino con la esperanza de volver en algún momento en el que la valentía hubiera aceptado ser mi fiel acompañante.
Continué con mi marcha, pero antes de que pudiera darme cuenta, una nueva caída generó que mi cuerpo volviera a encontrarse con el suelo. Al menos en esta ocasión podía rememorar sin problema. Un ahondamiento del terreno había sido el causante de mi leve infortunio, pero, al igual que en mi misterioso despertar, de nuevo la sensación que experimenté volvía a ser de lo más placentera. Nunca antes había estado en el paraíso, pero sin duda alguna, el lugar en que me encontraba no debía diferir mucho de él. La textura del terreno era de lo más suave, su calidez desbordante, y muy en contra de mis expectativas, mi golpe había sido amortiguado por el acolchado propio de aquella superficie. Nunca antes había visto nada igual, lo cual hacía que mi deseo por permanecer allí creciera y creciera.
Aun sin haberme incorporado de nuevo, levanté la mirada y pude contemplar frente a mí un hermoso valle protegido por dos grandes y majestuosas montañas. Mis retinas no habían sido nunca atravesadas por una escena de tal hermosura. De un salto me levanté del suelo y continué mi camino hasta llegar a él. No fue necesario un planteamiento que me desplazase hasta allí, ya que mis pies, como llamados por una extraña fuerza, hicieron por sí solos todo el trabajo. Instantes después de mi caída, ya había llegado a tan acogedor enclave geográfico.
Jamás olvidaré la sensación de protección que allí experimenté. Las dos montañas que arropaban a dicho valle ejercían de escudo ante las ráfagas de viento que en él intentaban perpetrar. Allí me sentía protegido ante los posibles ataques de las fieras salvajes o las inclemencias propias del clima de la zona.
Ya que el ocaso comenzaba a hacer acto de presencia, y puesto que las fuerzas comenzaban a flaquear, decidí aprovechar la calidez de aquel lugar para pasar allí la noche. Dormí como un tronco, de un tirón, sin ser molestado por ruidos, animales, o posibles miedos propios del desconocimiento de tan hermoso mundo. Ni siquiera un simple mosquito. Aquel valle me hacía sentir un bebé poco antes de nacer, en el vientre de su madre, aislado de interferencias exteriores que pudieran alterar su estado de paz y tranquilidad. Esa noche dormí como hacía semanas que no lo hacía. Al menos, las últimas semanas que era capaz de extraer de mi maltrecha memoria, la misma que me impedía recordar cuál era mi procedencia o como había ido a dar con mis huesos en aquel maravilloso lugar.
Con todas mis reservas energéticas recargadas, y tras engañar mi estómago con los dulces de mi mochila, continué con mi aventura, guiado nuevamente por la visión extensa e inalcanzable del bello horizonte que ante mí se reflejaba. Atravesé el valle, vigilado por las dos exuberantes montañas que lo custodiaban, en busca de nuevos espacios por descubrir. Poco tiempo hubo de pasar para encontrarme con un nuevo hallazgo. Tras volver a escalar un pequeño risco de pocos metros de altura, mis pies fueron a dar con otro maravilla a la vista. Tres pequeñas grutas ahondaban en el suelo, de las cuales era imposible tratar siquiera de intuir cuál era su fondo o a qué profundidad poseía cada una de ellas. El ser aventurero que viajaba dentro de mí me invitaba a intentar descubrir hacia donde conducirían, pero el ser prudente que le acompañaba se encargó de hacerme cambiar de parecer. Dos de ellas, más próximas entre sí, eran demasiado pequeñas como para plantearse ningún tipo de descenso. La otra, más grande y amplia, poseía unas afiladas rocas bordeando su abertura, y ello me llevaba a creer que el fondo podría ser aún más hostil.
Así pues, proseguí mi camino, aun maravillado por la hermosura de aquel nuevo destino en mi vida. No hubo de pasar mucho tiempo, cuando encontré un nuevo tesoro: dos pequeños lagos salados rivalizaban por ser el primero en permitir que me bañara en sus aguas. Cada uno de ellos parecía estar llamándome, pidiéndome que penetrase en ellos con mi cuerpo denudo para descubrir hasta el más oculto de sus tesoros. Al fondo de ambos lagos, cristalinos y puros como jamás había visto otro igual, observé con asombro como los pececillos jugaban entre los majestuosos arrecifes de coral de tonos marrones que allí habían cobrado vida. Habría jurado que ambos arrecifes intentaban expandirse con la intención de formar un círculo perfecto en torno a un centro equidistante de su perímetro. La magia de todo aquel lugar me hacía creer que, por algún extraño motivo, todo ello era posible.
Tal era el amor que comenzaba a sentir por aquellas tierras que, aun sin haber divisado señal alguna de vida humana por allí, me planteaba seriamente establecer aquella como mi nueva vivienda.
Seguí pues con mi camino. Poco a poco el horizonte iba quedando más cercano. Tanto que, tras apenas unos minutos de caminata, llegué a un desfiladero que ejercía de frontera natural con la nada. Sí, la nada, tras aquel desfiladero solo existía la nada. Ni un amago de vida o camino para continuar. Los únicos rayos de luz que iluminaban todo aquello procedían de unas doradas lianas que se descolgaban por el precipicio, dejándose llevar por el ritmo del tango que el viento les marcaba. No existen palabras que me permitan dejar aquí atestiguado lo realmente maravilloso de aquel espléndido baile casi hipnótico.
Puesto que mi camino había finalizado, no me quedaba otra que regresar. Acaricié las doradas lianas antes de marchar, y emprendí el viaje de vuelta. La majestuosidad de los salados lagos me hizo detenerme unos instantes para contemplarlos una vez más. El misterio de las tres cuevas generó en mi interior un leve cosquilleo que trataba de suplicarme que no continuase con mi regreso al comienzo de todo aquel viaje. Y de nuevo, frente a mis ojos se divisaba el hermoso valle custodiado por sus dos espléndidas montañas. Esta vez el ser aventurero hizo callar al prudente, pues no regresé atravesando de nuevo el valle; en esta ocasión mi camino se desvió hacia una de las montañas. No sé muy bien qué me llevo a tomar aquella decisión. Era como si una fuerza invisible me atrajera hacia una de ellas. No pude contenerme. La verdad, tampoco quería contenerme. Escalé la montaña situada más al este. En mi subida observé un hecho un tanto curioso: aquella montaña se movía. No sé por qué se movía, o como se originaba aquel movimiento; lo único que puedo asegurar es que aquello era cierto. Un compás rítmico generaba pequeñas vibraciones en el terreno, separadas entre sí aproximadamente por apenas un segundo. Conforme iba acercándome a la cima la montaña parecía acelerar su ritmo de movimiento. Suena extraño, pero mi presencia parecía perturbar el correcto transcurrir de todo aquel territorio. Mis pasos iban en aumento de igual forma que aumentaba el ritmo de oscilaciones del terreno. Y con ello, y para no ser menos, se dispararon también los latidos emitidos por mi corazón. Sin duda, aquel lugar tenía alguna extraña conexión conmigo. Por algo me había elegido para haber acabado allí sin siquiera saber cómo. A medida que disminuía la distancia que me separaba de la cima aumentaban linealmente el número de latidos por minuto de mi corazón, junto con las ya no tan pequeñas vibraciones de aquel paraje. Tanto a aquel misterioso lugar como a mí nos excitaba la idea de mi llegada a la cumbre de la montaña.
La cima ya estaba frente a mí. Los latidos de mi corazón eran insoportables, el flujo sanguíneo de mi cuerpo se había disparado sin control. Con el último de mis pasos todo paró. El suelo dejó de vibrar. Y de la misma manera, mi corazón dejó de latir. Caí toscamente sobre el terreno, quedando tendido, inmóvil, inerte. Nunca más volvería a ver ningún otro lugar. Nunca más nadie volvería a saber de mí. Aquel se convirtió en mi lecho eterno en el que permanecería por el resto de los días.
Pero no guardo ni mucho menos mal sabor de boca de todo aquello. Cierto es que fue aquel lugar el que me acabó privando de vida, pero, al fin y al cabo, no podía sentirme mal por ello. No obstante, ese lugar me dio más vida en apenas un día que anduve transitando sus parajes y descubriendo sus tesoros que todo el resto de mi vida entera. Solo por ello, la deuda que había contraído con aquellas tierras era eterna. Mi cuerpo no era más que un mero regalo entregado como muestra de gratitud. Mi alma permanecería por siempre en lo más profundo de aquella montaña, encargada de cuidarla, intentando que el ritmo de vibración de sus terrenos se mantuviera por siempre apacible e inalterable.
Escrito en Historietillas