11 ½ = 1-2

•12 diciembre, 2011 • 1 comentario

La ciencia nos rodea, nos envuelve, nos roza a cada pequeño paso que damos. Pasos en los que diferentes estudios biomecánicos interpretan como las presiones plantares afectarán a tu caminar, a tus apoyos, en base a los que se confecciona el diseño final del calzado que acabarás usando. La ciencia también está presente en una semilla sembrada en una pequeña maceta, en un tiesto viejo, en un envoltorio de un yogur vacío que ibas a tirar a la basura (obviamente, al recipiente destinado al reciclaje de envases, como todo buen ciudadano que se precie). Incluso existe ciencia en ese chef que prepara el mejor menú posible para la recepción del embajador o emisario real que visita su restaurante de alto standing, o en esa madre que sazona y aliña cada uno de sus guisos como solo ella sabe y que, por más que nos empeñemos, el resto de mortales nunca podremos igualar. Se puede decir que la ciencia está en cada uno de los pequeños, o no tan pequeños, elementos que nos rodean.

Pero una cualidad es común a todos estos tipos de ciencia: no son nunca exactas. Un mal zapato no siempre soporta de igual manera el peso de quien lo calza, no siempre actúa igual ante la flexo-extensión que generan las articulaciones del pie, no siempre el material está sometido a los mismos rozamientos o fricciones del entorno; tampoco una semilla germina siempre si no dispone de las condiciones necesarias de humedad, o nutrientes de la tierra, o ventilación, o temperatura; ni siquiera existe una fórmula mágica que haga que un plato quede sepa siempre igual, hasta el más mínimo detalle en forma de temperatura de cocción, cantidad y calidad de los alimentos o los materiales empleados pueden hacer variar levemente (a veces, no tan levemente) el sabor del preparado en cuestión. Es evidente que no son ciencias exactas, pues están expuestas a variaciones, a interacciones con el medio o, simplemente, a errores en la concepción o realización. Pero una ciencia es diferente a las demás: Las matemáticas. Y es que, como bien habrás oído anteriormente, las matemáticas son una ciencia exacta. No hay medias tintas, no se admiten medias verdades.

…o al menos, hasta ahora. Porque yo, un don nadie erudito en todo y sabedor de nada, he descubierto que ni siquiera las matemáticas responden ante tal cualidad. ¡Ni siquiera las matemáticas! Para algo que suponíamos exacto, cierto, y que nos daba algo de seguridad… y va y resulta que es tan incierto como todo el resto de ciencias.

No sé explicarlo, no tengo forma alguna de poder hacer entender de forma sencilla mi planteamiento, pero, y prometo que mis cálculos están más que revisados y contrastados, resulta que 11 ½ es igual que 1-2. Sí, 11 ½ = 1-2. Y además, con tendencia a ∞. Este último símbolo, para los rezagados de la LOGSE, significa “infinito”. Claro, uno podrá pensar “¿cómo va a ser que once y medio sea igual a uno menos dos, y encima tienda a infinito? En las clases de matemáticas del colegio me enseñaron que 1-2 = -1. ¿Qué clase de locura es esa?”

Está claro qué tipo de locura es. Ese tipo de locura que, irremediablemente, tiende de igual manera al infinito sin control alguno…

El principito perdido

•5 septiembre, 2011 • Dejar un comentario

Ahí estaba yo. No sabía cómo había llegado allí; tampoco era capaz de recordar cuál era mi procedencia. Mi memoria apenas conseguía recordar quién era. Una mochila con agua y algunos dulces era la única posesión que conmigo portaba. De todo aquel mar de dudas solo una cosa parecía cierta: un gran golpe había sido el que, sin duda, había originado que yo me encontrase allí. Mis rasguños y moratones así lo atestiguaban.

A pesar de todo ello, no sentía ni mucho menos dolor. O tal vez, muy en el fondo, sí lo sintiera y no era consciente de ello, pero era tal la novedad y la expectación que aquel extraño lugar despertaba en mí, que apenas podía concentrarme en nada más. No sabía que era, ni dónde estaba. No sabía cómo escapar de allí. Realmente, tampoco quería escapar de allí. Algo profundo en mi interior me invitaba a descubrir todo y cuanto pudiera de aquel emplazamiento. Desde el primer momento me atrajo la idea de sentirme parte viva de ese paraje.  

Levanté la mirada con la intención de indagar más en el misterio que envolvía la gran extensión que parecía acogerme con los brazos abiertos. Un par de pequeños montículos se levantaban frente a mi mirada. Mi empeño no iba a ser derrotado por dos simples montañitas, por lo que me dispuse a escalarlos con el fin de perpetrar en mi memoria hasta el último rincón del territorio que me rodeaba. A pesar de la falta de irregularidades del terreno que  facilitasen mi escalada, en apenas unos minutos había conseguido llegar a la cima.

El horizonte marcaba el fin del hermoso paisaje que mis ojos descubrían por primera vez ante sí. La frecuencia cardiaca de mi corazón aumentaba por momentos. Pero nada me podía detener, nada iba a conseguir detenerme. Proseguí con mi andanza y, tras una larga caminata, mis pies fueron a dar a con una pequeña cueva. He de reconocer que el miedo se apoderó de mi ser, por lo que decidí no arriesgar en mi aventura, y proseguí mi camino con la esperanza de volver en algún momento en el que la valentía hubiera aceptado ser mi fiel acompañante.

Continué con mi marcha, pero antes de que pudiera darme cuenta, una nueva caída generó que mi cuerpo volviera a encontrarse con el suelo. Al menos en esta ocasión podía rememorar sin problema. Un ahondamiento del terreno había sido el causante de mi leve infortunio, pero, al igual que en mi misterioso despertar, de nuevo la sensación que experimenté volvía a ser de lo más placentera. Nunca antes había estado en el paraíso, pero sin duda alguna, el lugar en que me encontraba no debía diferir mucho de él. La textura del terreno era de lo más suave, su calidez desbordante, y muy en contra de mis expectativas, mi golpe había sido amortiguado por el acolchado propio de aquella superficie. Nunca antes había visto nada igual, lo cual hacía que mi deseo por permanecer allí creciera y creciera.

Aun sin haberme incorporado de nuevo, levanté la mirada y pude contemplar frente a mí un hermoso valle protegido por dos grandes y majestuosas montañas. Mis retinas no habían sido nunca atravesadas por una escena de tal hermosura. De un salto me levanté del suelo y continué mi camino hasta llegar a él. No fue necesario un planteamiento que me desplazase hasta allí, ya que mis pies, como llamados por una extraña fuerza, hicieron por sí solos todo el trabajo. Instantes después de mi caída, ya había llegado a tan acogedor enclave geográfico.

Jamás olvidaré la sensación de protección que allí experimenté. Las dos montañas que arropaban a dicho valle ejercían de escudo ante las ráfagas de viento que en él intentaban perpetrar. Allí me sentía protegido ante los posibles ataques de las fieras salvajes o las inclemencias propias del clima de la zona.

Ya que el ocaso comenzaba a hacer acto de presencia, y puesto que las fuerzas comenzaban a flaquear, decidí aprovechar la calidez de aquel lugar para pasar allí la noche. Dormí como un tronco, de un tirón, sin ser molestado por ruidos, animales, o posibles miedos propios del desconocimiento de tan hermoso mundo. Ni siquiera un simple mosquito. Aquel valle me hacía sentir un bebé poco antes de nacer, en el vientre de su madre, aislado de interferencias exteriores que pudieran alterar su estado de paz y tranquilidad. Esa noche dormí como hacía semanas que no lo hacía. Al menos, las últimas semanas que era capaz de extraer de mi maltrecha memoria, la misma que me impedía recordar cuál era mi procedencia o como había ido a dar con mis huesos en aquel maravilloso lugar.

Con todas mis reservas energéticas recargadas, y tras engañar mi estómago con los dulces de mi mochila, continué con mi aventura, guiado nuevamente por la visión extensa e inalcanzable del bello horizonte que ante mí se reflejaba. Atravesé el valle, vigilado por las dos exuberantes montañas que lo custodiaban, en busca de nuevos espacios por descubrir. Poco tiempo hubo de pasar para encontrarme con un nuevo hallazgo. Tras volver a escalar un pequeño risco de pocos metros de altura, mis pies fueron a dar con otro maravilla a la vista. Tres pequeñas grutas ahondaban en el suelo, de las cuales era imposible tratar siquiera de intuir cuál era su fondo o a qué profundidad poseía cada una de ellas. El ser aventurero que viajaba dentro de mí me invitaba a intentar descubrir hacia donde conducirían, pero el ser prudente que le acompañaba se encargó de hacerme cambiar de parecer. Dos de ellas, más próximas entre sí, eran demasiado pequeñas como para plantearse ningún tipo de descenso. La otra, más grande y amplia, poseía unas afiladas rocas bordeando su abertura, y ello me llevaba a creer que el fondo podría ser aún más hostil.

Así pues, proseguí mi camino, aun maravillado por la hermosura de aquel nuevo destino en mi vida. No hubo de pasar mucho tiempo, cuando encontré un nuevo tesoro: dos pequeños lagos salados rivalizaban por ser el primero en permitir que me bañara en sus aguas. Cada uno de ellos parecía estar llamándome, pidiéndome que penetrase en ellos con mi cuerpo denudo para descubrir hasta el más oculto de sus tesoros. Al fondo de ambos lagos, cristalinos y puros como jamás había visto otro igual, observé con asombro como los pececillos jugaban entre los majestuosos arrecifes de coral de tonos marrones que allí habían cobrado vida. Habría jurado que ambos arrecifes intentaban expandirse con la intención de formar un círculo perfecto en torno a un centro equidistante de su perímetro. La magia de todo aquel lugar me hacía creer que, por algún extraño motivo, todo ello era posible.

Tal era el amor que comenzaba a sentir por aquellas tierras que, aun sin haber divisado señal alguna de vida humana por allí, me planteaba seriamente establecer aquella como mi nueva vivienda.

Seguí pues con mi camino. Poco a poco el horizonte iba quedando más cercano. Tanto que, tras apenas unos minutos de caminata, llegué a un desfiladero que ejercía de frontera natural con la nada. Sí, la nada, tras aquel desfiladero solo existía la nada. Ni un amago de vida o camino para continuar. Los únicos rayos de luz que iluminaban todo aquello procedían de unas doradas lianas que se descolgaban por el precipicio, dejándose llevar por el ritmo del tango que el viento les marcaba. No existen palabras que me permitan dejar aquí atestiguado lo realmente maravilloso de aquel espléndido baile casi hipnótico.

Puesto que mi camino había finalizado, no me quedaba otra que regresar. Acaricié las doradas lianas antes de marchar, y emprendí el viaje de vuelta. La majestuosidad de los salados lagos me hizo detenerme unos instantes para contemplarlos una vez más. El misterio de las tres cuevas generó en mi  interior un leve cosquilleo que trataba de suplicarme que no continuase con mi regreso al comienzo de todo aquel viaje. Y de nuevo, frente a mis ojos se divisaba el hermoso valle custodiado por sus dos espléndidas montañas. Esta vez el ser aventurero hizo callar al prudente, pues no regresé atravesando de nuevo el valle; en esta ocasión mi camino se desvió hacia una de las montañas. No sé muy bien qué me llevo a tomar aquella decisión. Era como si una fuerza invisible me atrajera hacia una de ellas. No pude contenerme. La verdad, tampoco quería contenerme. Escalé la montaña situada más al este. En mi subida observé un hecho un tanto curioso: aquella montaña se movía. No sé por qué se movía, o como se originaba aquel movimiento; lo único que puedo asegurar es que aquello era cierto. Un compás rítmico generaba pequeñas vibraciones en el terreno, separadas entre sí aproximadamente por apenas un segundo. Conforme iba acercándome a la cima la montaña parecía acelerar su ritmo de movimiento. Suena extraño, pero mi presencia parecía perturbar el correcto transcurrir de todo aquel territorio. Mis pasos iban en aumento de igual forma que aumentaba el ritmo de oscilaciones del terreno. Y con ello, y para no ser menos, se dispararon también los latidos emitidos por mi corazón. Sin duda, aquel lugar tenía alguna extraña conexión conmigo. Por algo me había elegido para haber acabado allí sin siquiera saber cómo. A medida que disminuía la distancia que me separaba de la cima aumentaban linealmente el número de latidos por minuto de mi corazón, junto con las ya no tan pequeñas vibraciones de aquel paraje. Tanto a aquel misterioso lugar como a mí nos excitaba la idea de mi llegada a la cumbre de la montaña.

La cima ya estaba frente a mí. Los latidos de mi corazón eran insoportables, el flujo sanguíneo de mi cuerpo se había disparado sin control. Con el último de mis pasos todo paró. El suelo dejó de vibrar. Y de la misma manera, mi corazón dejó de latir. Caí toscamente sobre el terreno, quedando tendido, inmóvil, inerte. Nunca más volvería a ver ningún otro lugar. Nunca más nadie volvería a saber de mí. Aquel se convirtió en mi lecho eterno en el que permanecería por el resto de los días.

Pero no guardo ni mucho menos mal sabor de boca de todo aquello. Cierto es que fue aquel lugar el que me acabó privando de vida, pero, al fin y al cabo, no podía sentirme mal por ello. No obstante, ese lugar me dio más vida en apenas un día que anduve transitando sus parajes y descubriendo sus tesoros que todo el resto de mi vida entera. Solo por ello, la deuda que había contraído con aquellas tierras era eterna. Mi cuerpo no era más que un mero regalo entregado como muestra de gratitud. Mi alma permanecería por siempre en lo más profundo de aquella montaña, encargada de cuidarla, intentando que el ritmo de vibración de sus terrenos se mantuviera por siempre apacible e inalterable.

¿Y ahora qué?

•22 mayo, 2011 • Dejar un comentario

La de tiempo que llevaba sin pasar por aquí. Al menos voluntariamente. Pero hoy me he dicho de volver, porque se me plantea una duda. ¿Qué va a pasar ahora?

Ya todos sabréis, seréis más que conscientes y estaréis más que informados, de la que hay montada con las diferentes acampadas a nivel mundial, abanderadas por la de Sol en Madrid.  Independientemente de que pueda estar más o menos de acuerdo con el movimiento, de que crea que se está haciendo mejor o peor labor, que los medios estén siendo más o menos parciales… ¿qué va a pasar ahora? 

Me lo planteo, porque hasta ahora, todo ha sido muy bonito. Pero se da la casualidad de que hoy el pueblo acudía a las urnas a elegir a sus representantes. Y claro, ¿qué alcalde o candidato a la alcaldía se iba a manifestar en contra de un grupo potencial tan numerosísimo de votos? Pues ni uno, obviamente, no ha habido apenas actuaciones y prohibiciones porque todos esperan con ansia ese deseado voto.

Pero… ¿y mañana? ¿Serán las cosas iguales? En cuanto los nuevos (o reelectos) alcaldes tomen posesión de sus nuevos (o ya conocidos) puestos, en los cuales tendrán ya la certeza de que nadie les levantará de su asiento en los próximos cuatro años, ¿van a seguir siendo así de “permisivos”? ¿Van a seguir igual de respetuosos? Aunque las acampadas en principio parece que se prorrogarán al menos un mes más, yo me estoy viendo venir que en cuanto tenga la oportunidad, amparándose en la ilegalidad de las mismas, algún edil tomará la iniciativa de desalojar a la gente de allí. Y habrá resistencia. Y por tanto, habrá palos. Y si tiene éxito, no me extrañaría mucho que el resto de alcaldías se sumarán a la iniciativa… 

Tal vez sea demasiado agorero, pero… señores, creo que lo peor puede estar al caer. A la vuelta de la esquina. Y nadie parece estar contemplando la posibilidad.

Y cambiando un poco, o más bien un mucho, de tercio, os dejo una frase de Joaquín Sabina que he encontrado por la red. Dicen que a buen entendedor pocas palabras bastan, y yo estoy seguro de que vosotros sois de los buenos.

Clásicas clases

•16 abril, 2011 • Dejar un comentario

¿Qué es la clase?

- Clase puede ser sinónimo de aula.
- También podemos considerar que clase es un grupo de escolares que pertenecen a un mismo curso y que van a ese aula de forma conjunta.
- Entendida como clase social, también se puede definir como el conjunto de personas que pertenecen a un mismo nivel económico, y que presentan cierta afinidad de costumbres e intereses.

Son solo algunas de las posibles acepciones a dicho término. Pero… no, no van por ahí los tiros. Yo hablo de la clase. De la que se tiene o no se tiene. Y en este caso, no se tiene. 

Porque siempre hay quien alardea de lo interesante que es, de cuanto sabe de la vida, de todo lo que vale… seres y personajillos de los que piensan que por haber conocido el término adecuado en el momento preciso ya son muchísimo más inteligentes y necesarios que el resto de la humanidad.

Y, francamente, ¿lo son? Porque ¿de qué me serviría que a mí saber en qué año se inventó el telégrafo si luego no soy capaz de saber entender un mapa? ¿Para qué quiero yo saber diferenciar el tipo de hilo empleado en los diferentes bordados de un mantel si luego no sé como sentarme a comer en una mesa? No tiene sentido. Al menos para mí no lo tiene. Pero los hay, los hay en cantidad que creen que por tener un conocimiento concreto poco común ya son semidioses dignos de ser adorados. Y lo cierto es que, si ello fuera así, todos deberíamos ser venerados por todos, ya que cada uno, en mayor o menor medida, sabe algo que hasta el más erudito desconoce.

Y claro, uno se topa con personas que, además de tener esa chulería o alardeo, son capaces de mentir a otras personas simplemente porque les conviene que le tengan echa la cama cada noche antes de dormir, o que son capaces de ponerte buena cara cuando te están dando la puñalada por la espalda en el primer momento en el que te descuidas. Y ojo, hasta entiendo que apuñalen, pero, si tanta clase tienen, si tan superiores son, ¿qué les cuesta hacerlo a la cara?

Fanfarronería, pura fanfarronería. A la hora de la verdad, demuestran que, además de la inmensa falta de clase, tienen una infinita falta de huevos. 

Dedicado a todos esos entendidos de la vida, a pesar de saber que ninguno de ellos vaya a parar por aquí. Al fin y al cabo, yo soy demasiado terrenal, y dudo que deidades de tal magnitud vayan a descender del Olimpo de fantasía en el que moran para estamparse con un poco de realidad en la cara.

Tengo miedo. Y me encanta.

•29 marzo, 2011 • 3 comentarios

Tengo miedo. Pero es una extraña sensación. Me alegro de tener miedo.

Es un miedo de risa, la verdad. El caso es que tengo miedo de empezar a dejar “olvidado” este rinconcito en el que de vez en cuando vengo a expresarme como mejor me viene en gana. Y no por falta de ganas, valga mi rebuznancia. Siempre he dicho, a los que haya sido capaz de hablaros de estos temas, que, generalmente, he estado muy inspirado en dos tipos de momentos: Los de furia y enfado, y los de tristeza absoluta. Si se da alguna de esas dos circustancias, las palabras no me salen, me brotan por sí solas.

Pues últimamente no hay nada que pueda brotar. Y eso es malo. No, de hecho, eso es bueno. Sea como sea, me siento bien, la vida parece estar dándome una tregua. Ni enfados, ni tristezas, ni penas, ni discusiones… nada. En ello se ha convertido también mi inspiración: en nada. No existe, ha desaparecido.

Y claro, tengo miedo. Miedo a no volver a sentir la necesidad de llegar a este blog a expresar todo lo que siento. Al igual que el miedo que siento a que en algún momento esa inspiración regrese y necesite volver a tener que expresar como me siento…

Nico Di Mattia

•13 marzo, 2011 • Dejar un comentario

No la tengo. No está. La inspiración últimamente parece haber desaparecido. Pero a pesar de lo que pueda parecer, eso no es malo del todo. En mi caso, no es nada malo no tener inspiración.

Pero claro, ello conlleva un punto más que negativo, del que no me siento nada orgulloso. Sin inspiración, no sé qué escribir, y sin saber sobre qué o cómo escribir, pues no actualizo por aquí. Suerte que a veces me topo con pequeños rincones como este que hoy os traigo. Me ha hecho especial ilusión porque usa exactamente el mismo theme que uso yo. Dicho de otro modo, para los menos expertos en jerga bloguera, su blog es casi igual que el mío en cuanto a estilo y colores usados. Pero loque me ha gustado especialmente no ha sido el theme, sino el artistazo que publica en él.

Nico Di Mattia es fácilmente uno de los mejores caricaturistas que he visto en mucho tiempo. He de reconocer que algunas de sus caricaturas no me son muy familiares que digamos, pero viendo el resultado de las que sí conozco, seguro que también clava a esos desconocidos en cuestión.

Aquí os dejo algunos ejemplos:

House:


Sheldon Cooper:

 

Don Ramón:

 

Y muchas más que seguro que os gustan. Para ver el resto, os invito a que os paséis por su blog. Tan sencillo como pinchar en el siguiente link.

Un saludo, zagalería.

Colorín colorado… (Baúl de los recuerdos Vol. II)

•21 febrero, 2011 • Dejar un comentario

Hoy vuelvo a recuperar un texto de mi antigua etapa en fotolog. Creo que es de las 3 o 4 cosas que habré escrito que más me gusta como han quedado. Así que… aquí tenéis.

Colorín colorado…
17/03/10

Naranja.
Morado.
Naranja.
No, morado.


Ay, mira, no lo sé.
No sé si me gusta más el naranja o el morado.
¡Y mira que me encantan los dos!
Pero no sé cual me gusta más.

Algunos días el naranja, sin duda el naranja.
Me encanta el naranja.
Adoro el naranja.
Pero otros es el morado.
¿Por qué hoy morado?
Pues no sé, pero hoy toca el morado.
Y la combinación de ambos, ¿qué tal quedaría?
¡Horrenda!
No me gusta combinar los colores, ¡qué inhumano!

Y entre tanto, el resto de colores.
Que algún día (raro) no soy de naranja o morado… pues ahí está el azul.
El azul también es una gran opción.
Quizás me guste más el morado, o el naranja…
pero es que el azul también está muy bien.
El azul es tan bonito, tan lindo…
Y el morado…
y el naranja…

Y me canso, me canso de tanto naranja.
De tanto morado.
Incluso del poco azul.
Pues para eso está el verde,
o el amarillo,
o el rojo… o cualquier color de la gama cromática.
Son tantos y tan bonitos.
Cualquiera es bueno.
Para gustos colores, dicen…

Pero seguimos en las mismas.
¿Qué color me gusta más?
¿Cuál es el mejor?
¿Cuál es la mejor opción?
La mejor, naranja…
no, la buena, morado…
Tal vez, sí… tal vez.

 
Definitivamente negro. Sí, sin duda, todo muy negro.

 

 
Seguir

Get every new post delivered to your Inbox.